En Fondo

POR Álex Lasa / San Sebastián, 1 de junio de 2020

El avance frenético de las tecnologías en estas últimas décadas ha hecho que, de la mano de la globalización, ciertos conceptos y sus maneras de entenderlos hayan sido inevitablemente moldeados. Uno de ellos es el consumo, que ha ido adaptándose y encontrando nuevos recipientes donde poder dar cabida a las necesidades de entretenimiento de nuestra sociedad. Un entretenimiento que se adapta al ritmo del consumidor —que somos nosotros—, quienes cada vez exigimos menos, a cambio de más. Lo queremos aquí y ahora, de inmediato. Y lo peor es que lo tenemos. Todo ello comprimido en un maravilloso y a la vez aterrador dispositivo electrónico cuadriforme, de unas cinco pulgadas y con muchos, muchos megapíxeles. Cada vez, más. Cuantos más, mejor.

Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información y conocimiento y, sin embargo, preferimos quedarnos en la orilla, con los pies a remojo, en lugar de sumergirnos en ese océano de información y bucear en él. Somos lectores ávidos de titulares, capaces de estar horas bajando en el scroll leyendo tuits de no más de 280 caracteres, pero abordar un artículo que requiera más de veinte minutos de nuestro tiempo se nos presenta pesado. Somos consumidores voraces de contenido audiovisual, nos pasamos horas y horas viendo vídeos en Facebook o YouTube. Ahora, que no sean muy largos los vídeos. Vivimos en la búsqueda constante del siguiente estímulo. Nos hemos enganchado a un consumo de información que bombardea nuestros cerebros con esos estímulos y los llena de dopamina. Y, entre todo ese maremágnum de información, es complicado tomarse el tiempo de escoger un único objeto y, con calma, profundizar, reflexionar, y aprender de él.

Esto ha generado que, además de la información, este ritmo frenético de consumo se adhiera a diversos campos, ya que abarca un espectro muy amplio.

Este artículo va de viajar, y de libros que pueden ayudarnos a descubrir lugares e historias impresionantes. Pero para ello, debemos entender en qué se ha convertido el viajar para nuestra sociedad, puesto que su concepto mismo ha cambiado drásticamente en los últimos años. La principal razón, en mi opinión, es que desde la inclusión de las redes sociales y el cambio gigantesco que estas han producido en la manera de posicionarnos y relacionarnos entre nosotros, el consumo que está fuera de las pantallas en la mayoría de ocasiones va intrínsecamente dirigido al mundo que habitamos dentro de ellas.

Decía Gilbert Keith Chesterton que “El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver”. Creo que es una definición perfecta para entender lo que es un claro reflejo de nuestra sociedad a día de hoy. Consumir el viaje; pero no para vivirlo nosotros hacia dentro, sino para mostrarlo hacia fuera. Cuando realizamos el viaje para contarlo, más que para vivirlo. Creo que—y sin querer generalizar— escondemos dentro de cada uno de nosotros una cierta pretenciosidad en el viajar. Bien por querer contarlo o por querer exhibirnos socialmente por los lugares en los que hemos estado una semana y al que ya hemos marcado la “equis” de visto, como una lista de quehaceres. Y ojo, esto siempre ha existido, simplemente, como he dicho antes, el auge de estas redes ha hecho que aumente y se extienda este concepto de turismo industrial.

Esto, a su vez, unido a los ritmos de lo inmediato, ha hecho que olvidemos uno de los objetivos mismos de viajar: desconectar (ahora en una ciudad nueva buscamos wifi como yonquis por las esquinas), empaparnos de nuevas experiencias y, sobre todo, crecer. Crecer a través de experiencias que te aportan una amplitud de miras, que te hagan entender que hay maneras de ver desde otros prismas que no son el tuyo ni el de la cultura y sociedad de la que vienes. Del cambio a través de la observación, la escucha y el aprendizaje. Pero para ello, por supuesto, necesitamos ganas y, sobre todo, tiempo. Es difícil encontrar el ritmo pausado requerido para este cambio en un viaje exprés ya sea a Nueva York, Nepal o Tanzania. Es poco probable que puedas experimentar en diez días por la India un “viaje que te cambie la vida por completo”, si no has tenido ni la oportunidad de aventurarte a entrever la cultura, tradición e idioma de esa sociedad. Si no has podido entender sus entresijos, su alma como sociedad, sus cómos y sus porqués, si es que se puede llegar a conseguir. Son cosas que, me temo, no se obtienen por ciencia infusa nada más llegar al lugar.

Si uno está dispuesto a tomarse ese tiempo, a observar y escuchar en silencio, pueden salir experiencias realmente gratificantes. Hay algunos que incluso, por suerte para nosotros, escriben libros de esas experiencias, y lo hacen de manera excepcional. Existen autores de una calidad inmensa en cuanto a narración de la cultura e historia de esos pueblos a lo largo de todo el mundo. Desde escritores canónicos como Richard Kapuściński, Paul Theroux, Bruce Chatwin o William Dalrymple a autores nacionales como Manuel Leguineche o Javier Reverte.

Me gustaría hacer una recomendación de cinco libros, pero no de autores que cuenten historias a lo largo y ancho del mundo. Porque aunque los haya y sean buenísimos, lo más curioso de todo, es que para obtener este crecimiento, no hace falta irse a Nueva York, a India ni a Nepal. De todos los lugares puedes nutrirte y aprender, eso está claro. Pero antes de irse a todos aquellos lugares que tan bien suenan en boca de todos, deberíamos mirar qué sabemos del lugar de donde venimos y de lo que nos rodea. A veces olvidamos que una cultura nueva, distinta y enriquecedora es ya la provincia de enfrente; no te digo ya una comunidad autónoma distinta. Porque decir que te has ido a la Sierra de Alcaraz en Albacete no suena tan cool como decir que has estado en las cataratas de Iguazú. Pero, ¿una es mejor que la otra? ¿Cómo lo sabemos? Desde luego las cataratas de Iguazú son un lugar digno de ver y estarán a rebosar de gente, pero, ¿qué sabemos de la Sierra de Alcaraz? ¿Qué tan bien conocemos la cultura, la tradición y la historia de los pueblos que conforman una tierra tan amplia y diversa como es España?

He aquí cinco libros de historias de nuestra tierra, diversos como el país mismo: desde pueblos perdidos hasta rutas por caminos costeros. Desde historias de éxodos rurales hasta vivencias en las explotaciones mineras. Escojo cinco, que acompaño de su sinopsis editorial, pero indagando un poco veréis que hay una gran variedad de libros con este tipo de historias, a veces, tan olvidadas. Por ello, tan necesarias.

CAMPOS DE NÍJAR, Juan Goytisolo

A finales de los años cincuenta, la región de Níjar en Almería era una de las más pobres de España. Las explotaciones mineras en manos de compañías españolas o extranjeras no habían dejado ningún poso de desarrollo económico ni social, la agricultura seguía anclada en técnicas pretéritas, la artesanía malvivía escasa de mercados y el turismo no había descubierto aún la extraordinaria belleza de la región. Juan Goytisolo viajó a los pueblos de los alrededores de Níjar y el Cabo de Gata para narrar con técnica novelística sus encuentros con un paisaje de soledades ásperas y sus habitantes, que se debatían entre la búsqueda de la supervivencia diaria y el sueño imposible de la emigración, bajo la omnipresente vigilancia de la guardia civil franquista. El resultado es un libro magistral que revive lo que era el sur de España no hace tantos años, a la vez que denuncia lo que desgraciadamente no deja de repetirse bajo nuevos ropajes. Como dice el narrador en un pasaje del libro, ‘son las minorías selectas, no el pueblo, quienes suelen echar el dinero por la ventana, y hay muchas maneras de echarlo. El pueblo no tiene más remedio que resignarse, y aun cuando secunde alegremente sus delirios, el hombre de buena fe sabe distinguir, más allá de la anécdota, quiénes son las víctimas y quiénes los culpables.

LOS SENDEROS DEL MAR, María Belmonte

Acompañada de Aristóteles, Goethe, Victor Hugo, Darwin, Jane Austen y tantos otros escritores, pintores o aventureros, la autora nos invita a realizar una travesía por la costa vasca. Un viaje sentimental a los lugares de la adolescencia se transforma en una exploración de los viejos caminos costeros, un recorrido por la historia humana y geológica, grabada de un modo particularmente revelador en los paisajes y las piedras de la costa, el primigenio umbral donde se encuentran dos mundos. Un texto inspirador que nos propone observar la naturaleza y deleitarnos en ella, contemplar los matices de la vida en estado puro y sentir su hondo latido.

EL RÍO DEL OLVIDO, Julio Llamazares

El río del olvido es un magnífico relato sobre la experiencia del viaje: el recuerdo del camino y la mirada del que llega y la de «los otros». El autor regresa a los paisajes de una infancia ya perdida a través de un viaje que le llevará a recorrer parte de montaña leonesa, bordeando el curso del río Curueño y que desvelará, a su paso, un escenario «tan hermoso como sobrecogedor y tan espectacular como perturbador para el espíritu y el alma». A través de una prosa bella e intimista y un lenguaje minucioso, Julio Llamazares nos muestra la fascinación, la nostalgia y el cariño que le provoca un paisaje que «guarda memoria en sus piedras del paso feroz del tiempo» y nos revela ese mundo rural, ese territorio que forma parte de nuestra historia y nuestra memoria.

LA ESPAÑA VACÍA, Sergio del Molino

Un viaje histórico, biográfico y sentimental por un país deshabitado dentro de España.
 En solo veinte años, entre 1950 y 1970, el campo español se vació. Las consecuencias de este éxodo marcan el carácter de la España de hoy. Un ensayo emocionante y necesario sobre las raíces de un desequilibrio que hace tanto daño a la ciudad como al campo. Un viaje a los pueblos de la España vacía y un análisis de la literatura, el cine y la historia que los relata. Hay que viajar muy al norte, hasta Escandinavia, para encontrar en Europa unas densidades de población tan bajas como las de la España vacía.

LOS ÚLTIMOS, Paco Cerdá

«Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se transmuta en metástasis extrema de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida»

Así comienza este viaje de 2.500 kilómetros por la España despoblada, la llamada Laponia del sur o Serranía Celtibérica: un territorio montañoso y frío con 1.355 pueblos que se extiende por las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló. En su interior viven menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. No hay un lugar tan extremo y vacío en toda Europa.
 Este periplo invernal por una Nada demográfica da voz a los últimos pobladores de un mundo en extinción. Paco Cerdà ha escrito la crónica de los otros, los que se quedaron descolgados de un país urbanizado a gran velocidad que ha olvidado su origen rural.

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