En Actualidad

En el otoño de 1997, el filósofo alemán Peter Sloterdijk pronunció una conferencia, luego publicada como libro, con el título de “Normas para el parque humano”. Conferencia y libro que, por cierto, provocaron un no pequeño escándalo azuzado sobre todo en la prensa alemana del momento.

En esa ocasión, Sloterdik acuñó el concepto de “Lectores de Libros”; concepto que debe escribirse con mayúsculas porque el filósofo se refiere, más que a quienes leen libros en general, a una casta, a un estatus de excelencia, a una aristocracia intelectual. Su aparición y posterior proceso de arrinconamiento marcan, según él, uno de los hitos que separan las grandes fases de la historia universal.

Lectores de libros de alto rango ya los encontramos en la Grecia clásica y en la antigüedad de Roma; lectores que casi siempre eran ellos mismos escritores. Una república de las letras donde autores y lectores intercambiaban sus escritos, si bien carecían de influencia sobre el resto de la sociedad, ágrafa y semi analfabeta: la plebe.

Con el Renacimiento y el Humanismo de los siglos XVI y XVI eso cambió de una forma radical; la invención de la imprenta y la multiplicación de los escritos supuso que los lectores-escritores de libros pasarán a convertirse en una élite capaz de moldear el imaginario político, social y religioso de la época. La influencia de esos humanistas llegó a ser enorme. Para Sloterdijk, su máxima influencia se alcanzó entre 1789 (Revolución Francesa) y 1918 (final de la gran Guerra), año a partir del cual -y esto ya no lo dice Sloterdijk, sino que lo añado yo- comenzó lo que Hermann Hesse, en su obra magna “El juego de los abalorios”, llama la época folletinesca. Un tiempo donde la formación personal por medio del libro había dado paso a los folletines: periódicos, emisoras de radio, la televisión y, ya hoy, Internet, las redes sociales y el permanente teclear de los ciudadanos sobre artilugios digitales. Si los siglos de la gran influencia de los humanistas pueden ser considerados siglos de civilización, el tiempo en que los lectores de libros se encuentran extinguiéndose cabe asimilarlos a la barbarie.

Sin duda, la historia progresa; más aún, es en sí un progreso. Pero al contrario de lo que pensaban los filósofos de la Ilustración, ese progreso no es lineal ni continuo; caben retrocesos, caídas parciales en profundas simas de las que se sale sin duda, aunque cuesta mucho trabajo salir y siempre que hayan quedado islas de alta cultura capaces de preservar, cual un catalizador de otra civilización futura, los restos de la civilización desaparecida.

En los siglos oscuros que siguieron a la caída de Roma y de la cultura grecolatina, cuando hordas salvajes de vikingos, magiares y sarracenos asolaban los campos de Europa y los “terrores” del año mil anunciaban la proximidad del fin del mundo, algunos guerreros levantaban torres defensivas y en los “scriptorium” de los monasterios se copiaban una y otra vez los textos clásicos que venían de Irlanda y del Mont San Michel. Ellos fueron los que, llegada la hora, hicieron posible el Renacimiento, el Humanismo y la nueva aristocracia de los lectores de libros.

Pienso que las librerías de hoy, pasado el peligro de los libros electrónicos, pueden servir ahora de torres defensivas y scriptorium para refugio de quienes siguen leyendo. La élite del futuro.

ALFONSO LAZO

Posts recientes

Dejar un comentario

¿Qué desea buscar?

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. Más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar